Muchas veces no sé cómo afrontar el peso de la muerte. No sé si debo asumirlo como un paso firme o como una dura puñalada.
La pérdida se convierte en un sufrimiento interno. Algo profundo, salvaje como la melena de un alazán galopando. Rasga hasta el final, de la cabeza a los pies. Fluye casi más rápido que la sangre o el líquido biliar.
Arranca algún amasijo interno, algo que nos pertenece, pero que no sabemos que existe hasta que no llega el día, el momento en el que sale a relucir, agraciada o desgraciadamente.
La locura arrecia hasta al más sano. Se aproxima a ti, casi como una sombra o un fantasma, la conciencia enemiga que susurra al oído todas las desgracias que hasta el momento pudieron o debían haber sucedido.
Permaneces aislado en el tiempo, inducido a ti mismo y el viento arrecia, arrecia hasta lo más interno de tu ser.
La comida se hace pesada y los días largos. La tez muestra una transparencia que deja ver hasta las venas por las que nada la maldad de lo que sobrevino.
La expresión lánguida, el resto de sentimientos se alejan y terminas por convertirte en la pura pérdida. Hablas con otros y transmites negación, desapego.

Lo peor llega cuando te aíslas tanto que no puedes transmitir nada porque te alejaste tanto...
que estás solo.

