Y por lo pronto, me encontraba en un autobús mirando por la cristalera plagada de gotas de una lluvia un tanto extraña, una lluvia que me recuerda que madrugar en un día así de invierno no es bueno. Y menos salir sin impermeable. Y menos aún salir en zapatillas de tela.
Me apoyo en la pared en la que hay un amago de funda acolchada. Miro al suelo. Las baldosas fluyen apegadas como un muro al pequeño riachuelo que se forma en su base. Subo la mirada. Un muchacho bosteza refugiado en un portal. Hincho los agujeros de mi nariz, cojo aire, desencajo mi mandíbula.
Bostezo.
La mujer de enfrente no ha dejado de mirarme en todo el viaje. Hace fuerza por contenerse, gira el cuello y me enseña su cogote mientras lo hace finalmente vergonzosa mirando hacia el lado de la conductora. El semáforo se pone en rojo. No hay más remedio que dar un frenazo y terminarlo bruscamente.
Los ojos de la conductora están puestos en el retrovisor que enfoca a la señora y a mí. Retransmite el último instante de bostezo. El espejo lo refleja. Sí, se nos ve lejanas, pero lo refleja. La conductora bosteza. Lo veo en la expresión de sus ojos. Muy abiertos, achinados, cerrados. Expresión relajada. Semáforo en verde. La señora gira su cuello de nuevo y me mira.
Yo ya me disponía a bajar.




