
Mi padre tiene el dedo índice de la mano derecha cortado por la mitad. De pequeña me decía que se lo había comido un cochino. Años después supe que se lo había devorado la máquina de picar carne.
Recuerdo muy bien cuando me leía cuentos antes de dormir. Yo escuchaba atenta, devoraba las letras, aprendí a leer antes que a hacer cualquier otra cosa.
Había días en los que nos dedicábamos a la geografía. Usábamos un atlas un poco desfasado, más que nada porque el muro cayó en el último noviembre de los años 80, cayó el símbolo de la separación, cayeron muchas cosas, dualidades contrapuestas, dicotomías imposibles de sostener mucho tiempo. Cambió el nombre de algunos países, y cambiaron las fronteras, exactamente las que mi padre no tapaba en el mapa con su mediodedo. Me hacía repetir una tras otra las naciones, las capitales, las ciudades más importantes.
-¿Rumanía?
-Bucarest.
-¿Bulgaria?
-Sofía.
-¿Copenhague?
-Capital de Dinamarca.
Así, de pé a pá. Y luego saltamos a EEUU, y luego a África, y a los mares, océanos, ríos...
A esa niña de 4 años el mundo se le hacía gigante, descomunal. El mundo era una lista de nombres y de números, de fronteras delimitadas por líneas de puntos. Algo así como la literatura en los institutos.