miércoles, 29 de octubre de 2008

Respiro otoño.



Totalmente cansada, sin fuerzas para hacer nada pero con ganas de comerme el mundo, salgo de la facultad. Estoy contenta conmigo misma por haberme quitado un trabajo de encima, pero quiero abarcar los quince siguientes, veo que mi cerebro no me lo permite hoy y, aunque mis fuerzas tampoco lo hacían, decido subir andando a casa para que me de el aire.

Abro la puerta de la calle y me viene un viento fresco. Muy frío. Noto cómo mis músculos se agarrotan debajo de la cazadora de cuadros verde. Presiento que mis mejillas se han sonrojado por el susurrar del viento feroz que no hace sino reconfortarme. En el aula hacía mucho calor. Ahora hace mucho frío. Me encantan los contrastes.

Y qué sensación la de empezar a caminar totalmente mareada y que me dé igual. Sólo camino y punto. Y pienso en llegar a la calle Portales. Me fijo en la gente, no tengo nada en que pensar, como siempre; aunque paradójicamente no dejo de imaginar cosas. Me invento la vida de los transeúntes.

-Putos chinos. Dice un miserable niñato a su madre mientras roza con los dedos la pared de un bazar de Avenida de La Paz. No me molesto ni en girar la cabeza para ametrallarle con mi mirada asesina. No merece la pena. Su madre no le ha dicho nada. No merece la pena.

Sigo caminando y me viene la idea de qué pasaría si se me cae uno de esos enormes tiestos en la cabeza. Ahora camino pegada a la pared, haciendo de los balcones intermitentes mi próximo cobijo. Y veo a dos tipos altos. Novia y novio, pienso. Seguro que son jugadores de baloncesto (puñetero estereotipo, todos los altos son jugadores de baloncesto, cuántas veces me habrán preguntado: ¿tú jugarás a basket no? y ahora caigo yo en eso...olvido la idea)

Sigo caminando. Unas gotas de agua me mojan la cara, comienza a llover. Me pongo la capucha rodeada de pelo de plástico y me siento como un esquimal en el desierto. Me paro en un semáforo en rojo y cruza una chica muy joven con un carrito de bebé. Las luces amarillas de las farolas se reflejan en la piel de cebra. Ésta le dice a otra:

-Uy sí, llevábamos muchos meses juntos, dos meses creo.
Se ha hecho la noche oscura ya, y yo me aproximo a Portales. veo entonces aparcada una de esas bicis que tanto me gustan. Dos niños me rebasan con sus patines tocando unas bocinas que rompen más si cabe mi dibujo cerebral. Yo estaba mirando al suelo pensando que oiría menos.
De pronto levanto la cabeza y ahí está: grande y majestuosa, rodeada por una luz azulada y cubierta por la noche, la torre de la Redonda. Y continúo caminando y me mira el vagabundo de
siempre, y me rebasa otra bici de esas que tanto me gustan.

Ya respiro el olor, ya huele a castañas. Ya huelo al brasero, a la luz apagada, a la bolsa con agua caliente y a mi abuela contando historias en la vieja casa del pueblo. Ya siento cómo la leche con pan baja por mi estómago, esa deliciosa sopa que se hacía a las brasas de la cocina, que no era ni vitrocerámica ni butano, sino puro fuego bajo chapa.

Y de fondo oigo el violín un tanto desafinado del hombre que está en la esquina. Me sorprendo de ver su funda a rebosar de monedas. Y yo sin un céntimo. Me da más placer dárselo a él que gastármelo en castañas falsas, que no me saben a las del brasero ni a leche con pan untado en historias de invierno.No hay nada como el calor del brasero.

4 comentarios:

lobo dijo...

Hmmm... es realmente curioso leer algo acerca de un breve espacio de tiempo, en una breve tiempo, en la misma ciudad y saber que quizá fui un secundario de la historia... al menos, andaba cerca.
besos de lobo

Raquel dijo...

Tal vez lo fuiste quién sabe...
Eso fue escrito justo al llegar a casa. Igual te cruzaste en una de esas bicis que tanto me gustan o estabas al lado del puesto de castañas, o del bazar chino, o del señor del violín!

Estoicolgado dijo...

ni si quiera asesina, no se la merecía...

Raquel dijo...

no se la merecía, no sé si serviría de nada. Tal vez sí...pero su madre no le dijo nada. De qué sirve lo que yo le diga si el ejemplo del día a día es lo contrario...
Saludos