Justo esa escena, esa en la que el marqués de Sade se colocaba en medio de seis o siete actores vestidos de blanco impoluto, el cabrón se arrodillaba y una de las locas del manicomio se quedaba como en éxtasis con medio cuerpo flexionado hacia el suelo, como sin vida, con sus largos cabellos castaños rozando sus rodillas y los brazos inertes pálida como la muerte.
Un látigo humano, eso es lo que era. De pronto en un par de espasmos su pelo era como crin de caballo y azotaba sin piedad al marqués que se rendía a los golpes. Una fustigación falsa, leve como una caricia que te pone el vello de punta, pero que parecía dolorosa como un hierro candente sobre la piel.
