lunes, 30 de agosto de 2010

memories.

Cuando tenía unos seis años tenía las paletas muy separadas y escuchaba Un globo, dos globos, tres globos en mi habitación de dos camas del pueblo.
Recuerdo las colchas viejas, la mesilla blanca y la lámpara de tierna luz amarilla.
Me gustaba subir al alto, se estaba fresquito y aunque lleno de polvo y muñecas diabólicas siempre me ofrecía sorpresas nuevas.

Buscaba trastos viejos, me probaba el vestido de novia de mi madre a escondidas y cantaba por el ventanuco hasta que mi perro me ladraba desde el balcón de abajo. Había un espejo grande donde jugaba con mi prima T. a ser Anastacia Romanov poniéndome vestidos ochenteros de bodas.
Mi perro se llamaba Bandido.

Todo esto viene a que el otro día A. me decía que creía que empezaba a tener uso de razón adulta a raíz de su prematuro primer beso a los doce años. Yo me paré a pensar a partir de cuándo recuerdo cosas como un ser pensante y razonador, quiero decir, no como aquella R. que imitaba a la princesa Anastasia, sino como la R. que se da cuenta de que los problemas gordos no tienen como contexto espacial la tienda de chucherías de la Cruz.

Pienso en la primera noche de reyes sabiendo el gran secreto y en mi hermano susurrándome que llorase bajito o seríamos la única casa de la Calle la Luz sin regalos. Pienso en el cubo de rubik desmenuzado en algoritmos y lo que eso significó para mí, la caída de la magia, señores. Pienso en las noches observando la Vía Láctea, pienso en un campamento en Colombres, en mi primera articulación rota, en mi visita al hall del hospital, y en un beso también. Pienso.

1 comentario:

Totò Lazzzarini dijo...

¿Has mirado una peli que se llama Finding Neverland?

Me gustaría escribir una entrada de esto. Pero sería muy breve. Yo desde los once años creía que ya era un adulto. Por supuesto no quiere decir en absoluto que verdaderamente lo fuera. Me parece que mis comienzos con la adultez suceden hasta los 22 años. Pero ya sabes que yo siempre soy muy duro para juzgar mi vida. Besos.